Léntula, su segura, segurísima servidora

Me cuenta mi dueña que algunas amigas suyas, al oirla hablar sobre mis virtudes, se muestran entusiasmadas con mi potencial hasta que llega la parte en que les cuenta que me deja enchufada a la corriente y me marcha a hacer sus recados a la calle. “¿Pero no te da miedo?” “¿Pero cómo te sales de casa dejándola encendida?” ¿Y si te incendia la cocina?”

Vamos a ver, señoras, que nadie está exento de que le suceda un accidente. Y si no, pregúntenselo a la señora de mi casa, a la que hace años paseando por la calle le cayó en la cabeza un pedazo de persiana errante en un día de ventolera (podía haberle caído un fajo de billetes de 500 euros, pero no, le atizó un trozo de madera que le dejó un chichón XXL). Puede pasar, pero no sería lo normal. Y así lo creen los que diseñaron la olla de cocción lenta, porque la crockpot nació justamente con ese objetivo: cocinar en solitario para que sus dueños pudieran trabajar o hacer lo que quisieran sin tener que vigilarla.

De cualquier forma, no puedo ocultar que tanta desconfianza ofende. ¿Alguno de ustedes desenchufa el frigorífico antes de salir a comprar el pan?, ¿cuando se va al trabajo? ¿cuando sale de vacaciones? Ahí tienen ustedes un electrodoméstico con tan buena prensa que a nadie se le ocurre que tenerlo encendido 24 horas 365 días al año pueda resultar peligroso (salvo cuando llega la factura de la luz…) Y su potencia es similar (o superior) a la de muchos de los modelos de crockpots que hay en el mercado. Como está tan fresquito ahí adentro, parece que no hay riesgo de que se queme. Pero el motor sí que puede llegar a sobrecalentarse; a veces ese calor se puede sentir en la zona que divide a la nevera de la parte del congelador.

Y lo mismo la lavadora, que a veces mi dueña la deja en marcha por las mañanas mientras va a dejar a las niñas al colegio. O el lavavajillas, que se queda trabajando por las noches cuando todos en casa se van a dormir. Al final va a ser como lo que dice Carlos González, el pediatra de cabecera de mi dueña, de que qué manía con dejar que el estómago descanse (por aquello de quitar la teta por la noche a los bebés), cuando a nadie se le ocurre pedirle lo mismo al corazón, a los pulmones o al hígado…

Obviamente tampoco se trata de decir “no es peligrosa, así que metamos al gato dentro” (como en la advertencia de los microondas). Hay ciertas medidas de seguridad que deberíamos seguir para quedarnos tranquilos y dejar trabajar a nuestra crockpot con toda la confianza del mundo:

1. Hay que colocar la olla sobre una superficie plana, que soporte el calor. También es importante que no haya ningún objeto (trapos de cocina, cortinas, utensilios o restos de comida) en contacto con ella mientras está encendida.

2. Antes de cada uso hay que asegurarse que tanto la olla de cerámica como la estructura externa de metal y su enchufe están en perfectas condiciones. Una olla rajada o un cable roto pueden provocar un cortocircuito.

3. Hay que utilizar la olla según los consejos del fabricante, es decir, llenándola por lo menos a la mitad de su capacidad y sin sobrepasar tres cuartas partes de la misma. En caso de tener una receta que requiera menos o más capacidad, reservarla para un día en que podamos estar pedientes de cualquier incidente que pudiera producirse (que no tiene por qué pasar, pero así nos curamos en salud).

Tomadas estas precauciones soy tan segura como una nevera, pero mucho más útil: a ella le metemos un kilo de verdura variada y cinco horas después sacamos berenjenas y pimientos fríos. A mí me dan cinco horas y dos kilos de verdura… y les tengo un pisto manchego para chuparse los dedos. Así soy yo, Léntula, su segura servidora.

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Todo Quijote necesita un Sancho Panza (y el mío es un temporizador)

Aunque la mayoría de las veces mi dueña me deja trabajando sola durante muchas horas sin asomar la nariz a la cocina, no se crean que no tengo quién me acompañe. Mi compañero indiscutible de fatigas es un temporizador manual que lleva unido a mi cable de alimentación prácticamente desde que llegué a esta casa. Hace las veces de amigo y confidente, pero sobre todo de asistente personal, porque me lleva la agenda para que yo pueda saber cuándo -y cuánto- me toca salir a escena.

¿A que es muy guapo?

Cierto que tengo primas cercanas y lejanas, otras ollas más modernas y más caras que llevan un temporizador incorporado. Muy elegantes ellas, con sus numeritos luminosos y sus botoncitos alineados, pero les aseguro que no son tan eficientes como mi tempo y yo.  Porque a fin de cuentas, para funcionar necesitan que su dueño esté ahí al pie del cañón para darle a las teclas. Qué modernas que son, oye, pero como quieras comerte un cocido lo llevas claro, a menos que te levantes a las 6 de la mañana…

Mi tempo y yo le ahorramos esas molestias a nuestra dueña. Ahora en verano no se nota tanto nuestra aplastante superioridad, porque hace demasiado calor para echar los ingredientes y pirarse a dormir. Pero allá por noviembre cuando ya hay que ponerse jersey hasta para andar por la cocina, la señora de nuestra casa aprovecha la hora de la cena para irme llenando de carne, verduras y agua para, por ejemplo, hacer un puchero. Y luego programa el tempo para que me encienda a las 6 am y me tenga así hasta las 2 pm, ocho horitas de nada.  Y ella tan ricamente en la cama, eh, que nos ponemos a trabajar calladitos y sin armar escándalo en la madrugada.

También se da el caso contrario: la señora quiere hacer una receta que toma, por ejemplo, 3 horas, pero tiene que salir temprano por la mañana y no hay quién le dé al botón tres horas antes de la hora de la comida. Pues para eso estamos mi compi y yo, la doña se va tan feliz a hacer sus gestiones a las 8 am, nosotros nos ponemos a la faena a las 11 y a las 2 pm entra ella tan campante y nosotros tenemos la comida hecha y calentita. ¡Inténtelo con una olla programable! Lo más que podrá hacer será mantener la comida caliente, pero no estará tan en su punto como la nuestra.

Y si se va la luz… bueno, la programación automática se pierde. Caput. Nosotros también nos apagamos, pero al volver la corriente eléctrica seguimos trabajando como si nada. Eso sí, no hay que olvidarse de encender el botón de temperatura de mi panel frontal, porque ya nos pasó una vez que la señora se fue tan feliz con el temporizador ajustado y al volver me encontró fría y avergonzada con una pierna de cordero dentro tan cruda como la había puesto hacía 5 horas…

Es baratito. Silencioso. Discreto. Mi temporizador es mi escudero y toda crockpot que se precie debería contar con alguien como él…

La historia de mi familia

Podría adornar un poco la verdad diciéndoles que las Crockpot nacimos en un momento de inspiración de un técnico de la NASA, pero prefiero ir con la verdad por delante: nacimos como ollas frijoleras, nada más y nada menos que con ese noble (aunque poco glamoroso) objetivo.

Mi prima mexicana Pachorra Slowcooker, (Pachi para los amigos) sabe bien de lo que hablo. En México hay que sentarse a vigilar los frijoles, para que no cunda la violencia (es decir, para que no se peguen) y para las amas de casa eso es harto aburrido. Desde que llegó Pachi en esa casa hay frijoles sí o sí, tengan o no tengan que salir sus habitantes a la calle.

Me contaba mi abuela Naxona de Chicago que allá por los 70’s emparentó con la familia Rival y que de ahí nació Crockpot, mi madre querida. Mi madre llegó en el momento justo al sitio justo, cuando las mujeres se incorporaban masivamente al mercado de trabajo y necesitaban resolver el asunto de la comida de una forma eficiente y segura. Y como no sólo de frijoles vive el hombre, le empezaron a echar carne y verduras a la olla. Y hasta hoy.

Y desde entonces la familia no ha hecho más que crecer, porque habemos ollas de todos los colores y tamaños, todas lentas y todas trabajadoras. Yo soy una Kenwood, pero tengo primas Rival, Hamilton Beach, West Bend y Cuisinart, entre otras…

Cuando tenga otro rato vendré a contarles cómo somos las Crockpot cómo funcionamos. Es que en esta familia nos parecemos muucho, y tenemos nuestras cosas, pero les aseguro que somos más buenas que el pan y muy cumplidoras.

¿Pero quién narices es Léntula Crockpot?

Lo más sensato sería decir que soy una recién llegada, pero estaría faltando a la verdad, porque aunque casi nadie en España sepa quién soy -terrible puñalada a mi ego- hace ya más de 10 años que vivo por aquí, perdida en la sección de pequeños electrodomésticos de unos grandes almacenes. Me llamo Léntula Crockpot y pertenezco a la estirpe de las Slowcookers (de las Slowcookers de toda la vida, las de Estados Unidos), una familia de ollas de cocción lenta con gran tradición en la cocina americana (y británica) desde los años 70. Que por qué no se nos conoce allende el ancho océano (o sea, en España) es un misterio que llevo intentando descifrar desde que llegué a estas tierras…

Queda mal que yo lo diga, pero soy un chollo. Barata, eficiente y cumplidora. Una maravilla que hace la comida sin esfuerzo, y que te la tiene lista y calentita para cuando llegas del trabajo o de hacer tus recados por ahí. Y consumo poca electricidad, eh, que eso también hay que mirarlo con esta crisis. Y hablando de crisis, ni te imaginas lo bien que me apaño para que esos cortes de carne baratos queden para chuparse los dedos. Es que a mí déjame un trozo de carne, unas patatas y unas verduritas y no hay quién me gane. Eso sí, soy lenta y no lo puedo negar. Pero tampoco es necesario que te quedes a mirarme cómo trabajo, así que sólo es cuestión de organizarse un poco y luego dejarme a mí la faena.

Pero nada. Nadie me hace caso. Yo que me hacía ilusiones desde que vi que otra tienda, además de los grandes almacenes, empezaba a comercializar las ollas. Y menuda decepción cuando me percaté de que ni siquiera ellos sabían lo que vendían… ¡querían venderme como un hervidor! ¡qué indignación!

Así que me dije, Léntula, necesitas un community manager, que te ayude a darte a conocer entre todas las cocineras del país. Que les enseñe a ahorrar tiempo y dinero mientras cocinan. Que hable de tus virtudes y presente recetas y consejos. Y eso pensé, pero la verdad es que no me alcanzó el presupuesto para contratarlo. Así que le he pedido ayuda a la señora de mi casa para que me ayude a escribir lo que opino. Es maja la mujer. Me ha dicho que sí, pero me quiere trabajando a pleno rendimiento. Qué se le va a hacer, yo hago la comida y ella escribe, que si no, no le da tiempo, con tres hijas la pobre. Y yo he dicho que vale, que soy una buenaza. Y además, de eso se trataba, ¿no?

Bienvenidos a la Cocina de Léntula