Y tú, ¿cueces o enriqueces… a las compañías eléctricas?

Desde hace algún tiempo, el manido chistecito de “antes tenía miedo de la oscuridad, ahora tengo miedo de la luz” está empezando a dejar de tener gracia. Según la OCU, en los últimos 5 años la factura de la luz se ha incrementado en un 60 %, así nomás, como que no quiere la cosa. Y lo que nos queda, por desgracia. Lógico entonces que haya muchas personas a las que les preocupe que me pase enganchadita a la corriente eléctrica 4, 5, u 8 horas, y que crean que es mucho más eficiente utilizar una vitrocerámica, inducción o simplemente el gas.  A mi dueña el tema la traía bastante mosca, porque aunque su intuición le decía que no había habido un aumento significativo en el consumo desde que llegué a esta casa (incluso se ha reducido un pelín), ya saben lo que dicen: no se puede decir el color de la burra hasta que tengas los pelos en la mano…

La tarea no es sencilla porque lo primero con lo que te topas es con una obviedad: soy única e incomparable (y modesta, por añadidura).  Si hago un caldo, ¿me compararán con una cazuela de barro puesta al fuego, con un recipiente metálico o una olla express en una vitrocerámica o una cocina de inducción? ¿Cómo se mide el sabor, el esfuerzo, los nutrientes, la facilidad de uso? ¿Deberíamos utilizar el factor de repetición (contar cuántas veces repiten nuestros comensales)? Y la cosa se complica porque para hacer un asado o un bizcocho, mi competidor natural es el horno, sea de gas o eléctrico: ¿medimos la jugosidad, la ternura, la concentración de sabores, la necesidad de vigilarlo o no? ¿contamos con la gran ventaja de no calentar la cocina en verano? ¿pensamos en la eficiencia de cocinar en un recipiente del tamaño justo de nuestras raciones?

Unas lentejas cocinadas por mí se parecen a las de la olla express tanto como un deportivo a un utilitario. Cumplen la misma función primaria pero para qué nos vamos a engañar, no hay color entre unas y otras. Y a diferencia de lo que pasa con los coches -que como no estés forrado no hay manera de elegir, porque entre el precio y el consumo de gasolina y seguros el deportivo está fuera del alcance del resto de los mortales-, tanto el precio de una crockpot (20 euros la de Carrefour, 60 la del Corte Inglés) como su consumo energético moderado la hacen tanto o más asequible y eficiente que cualquier otro sistema de cocción de alimentos.

Ciñéndonos a los números mondos y lirondos, si ahora mismo el precio del kilowatio/hora en España está a 0,14 y un montón de decimales más (pero ya sabemos que esto puede cambiar de un momento a otro), el consumo estándar de una hora de crockpot en alto (290w-320w dependiendo del modelo) nos costaría 4-4,4 céntimos. Y como el tiempo medio de los guisos en alto es de 4 horas (aunque haya guisos de 2, 3 y 5 horas), la gracia nos saldría por 16 y 17,6 céntimos de euro respectivamente. Los instructivos de las ollas obvian el dato de cuánto se consume en temperatura baja, pero empíricamente podríamos afirmar que consumen la mitad que en alta, ya que el tiempo se dobla (de 4 a 8 horas), por lo que el gasto sería el mismo.

Cómo comparar eso con el consumo que tiene una vitro o una cocina de inducción, o incluso una de gas, es un misterio digno de Iker Jiménez. No sólo hay mil tipos de cocinas distintas con niveles de gasto energético dispares sino que encima en las páginas oficiales (Endesa, Iberdola) no se ponen muy de acuerdo en este tema. Tengo la impresión de que parte de la clavada que le meten a mi dueña con el recibo de la luz tiene que ver con la ignorancia en la que estamos sumidos: si supiéramos realmente en euros y céntimos lo que nos cuesta dejar las luces encendidas igual nos lo pensábamos mejor antes de hacerlo.

En la página de electrocalculator aparece que tener una cazuela de 21 centímetros de diámetro (comparo con la grande porque la crockpot es grande) al fuego en una vitro 1 hora consume 2200 w, y con inducción también (aunque como calienta más pronto se supone que es más eficiente). Suponiendo que quisiéramos hacer un guiso que nos tomara una hora, el coste sería de 30,8 céntimos. Una hora puede parecer mucho tiempo para tener un guiso al fuego, pero considerando que además del propio cocinado hay que contar con hacer el sofrito y luego volver a utilizar energía para recalentarlo, cosa que no pasa con la olla lenta ya que tiene los alimentos preparados a la hora de comer, las cuentas cuadran mejor.

Pero es que aún queda la comparativa del horno, y aquí la cosa también está calentita. En electrocalculator aparecen varios tipos de horno con distintos consumos (de 790 a 1200w) y es difícil atinar. Quiero suponer que por lo menos un par (los que menos consumen) se refieren a hornos tostadores pequeños, y no a hornos normales de cocina. En otra página consultada (interactiva e intuitiva, lo que permite utilizarla aunque no sepamos inglés) el consumo de un horno estándar casi se dobla (2300w), por lo que es difícil saber exactamente qué estamos comparando. Tampoco importa mucho: aunque utilizáramos el indicador más favorecedor para la comparativa (1200w en lugar de 2300w), a razón 1:4, el consumo de la olla lenta tampoco es ningún disparate, porque sigue siendo más o menos igual que el del horno eléctrico convencional.

Aún así, no todo el monte es orégano. Seguramente hay cocinas más eficientes y probablemente el coste podría reducirse y acercarse al consumo de la crockpot, no lo dudo. Incluso es muy probable que cocinar con gas sea todavía más barato (especialmente si usamos bombonas de butano), aunque sólo por 2 o 3 céntimos la hora. En todo caso, lo que cabría preguntarse es si esa diferencia compensaría las ventajas (facilidad, limpieza, simplicidad, mínimo riesgo, horas/cuchara)  que aporta la olla de cocción lenta a nuestro día a día.

De cualquier forma, si para el consumidor medio una olla de cocción lenta representa un ahorro con respecto a otros sistemas de preparación de alimentos, en algunos casos se hace casi imprescindible. ¡Anda que no nos ha tocado a nosotros vivir en casas sin horno, o en casas con una potencia eléctrica contratada que hacía que saltaran los plomos cada vez que se ponían al mismo tiempo la tele y el secador de pelo!

Con un consumo tan pequeño y una potencia reducida, soy una minicocina eficiente y barata que sólo precisa de un enchufe para hacer su labor (¿alguien había pensando en ponerme en el baño? ¡¡confiesen!!!), sin complicadas ni costosas instalaciones. Así que si les ha llegado la factura de la luz y están que se tiran de los pelos con lo que ha subido en los últimos tiempos, pregúntenle al horno, pregúntele a la secadora, pregúntele a los consejeros delegados de Iberdrola… ¡pero a mí no me pregunten, que yo no fui!